La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Aunque se sintió un poco decepcionada, Catherine era demasiado bondadosa para poner la menor objeción; así que, dado que los otros se levantaban ya, Isabella sólo tuvo tiempo para presionar la mano de su amiga y decirle: «Hasta luego, cielo», antes de que se marchara a toda prisa. Como la hermana menor de Isabella estaba también bailando, Catherine quedó abandonada a merced de la señora Thorpe y la señora Allen, entre quienes permanecía ahora. Y no podía evitar sentir enojo ante el hecho de que John Thorpe no volviera, pues no sólo se moría de ganas de bailar, sino que sabía que, como nadie podía conocer su verdadera fortuna, estaba compartiendo con las docenas de jovencitas que había todavía sentadas el desprestigio de carecer de pareja. Sufrir la ignominia ante los ojos del mundo, tener la apariencia de la infamia cuando el corazón de una rebosa pureza y las propias acciones inocencia, y cuando la verdadera causa de la degradación radica en la mala conducta de otro, son circunstancias inherentes a la vida de una heroína, y la entereza para afrontarlas, algo que ennoblece particularmente su carácter. Catherine poseía entereza; sufría, pero de sus labios no brotó la menor queja.