La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Al cabo de diez minutos fue sacada de tal estado de humillación, a otro mucho más agradable, al divisar no al señor Thorpe, sino al propio Henry Tilney a sólo tres yardas de donde estaba sentada. Aunque, al parecer, venía en su dirección, no la había visto y, por tanto, la sonrisa y el rubor que su repentina aparición habían provocado en ella desaparecieron sin llegar a descomponer su heroica imagen. Tilney parecía tan apuesto y animado como siempre y estaba inmerso en una interesante conversación con una joven elegante y de agradable aspecto que se apoyaba en su brazo y en quien Catherine, rechazando sin pensarlo un momento la brillante oportunidad de considerarle perdido para siempre por estar ya casado, adivinó en seguida a su hermana. Guiada sólo por la hipótesis más sencilla y probable, no se le pasó por la imaginación que el señor Tilney pudiese estar casado; no se había comportado ni conversaba como los hombres casados a que estaba acostumbrada; nunca había mencionado a su mujer y, además, había dicho que tenía una hermana. De todas estas circunstancias extraía la inmediata conclusión de que era su hermana la que ahora estaba a su lado; así que, en lugar de teñirse su rostro de una palidez mortal y caer en brazos de la señora Allen fulminada por un síncope, Catherine siguió sentada muy erguida y en perfecto ejercicio de sus sentidos; eso sí, con las mejillas un poco más arreboladas que de costumbre.