La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger El señor Tilney y su acompañante, que continuaban aproximándose hacia ella, aunque despacio, venían inmediatamente precedidos por una dama, antigua conocida de la señora Thorpe, que se detuvo, como no podía ser menos, a conversar con ella. Catherine cruzó su mirada con la del señor Tilney y recibió en seguida un sonriente tributo de reconocimiento. Catherine se lo devolvió complacida y él, aproximándose más, se dirigió a ella y a la señora Allen, que le distinguió con muchas muestras de cortesía.
—No sabe lo que me alegro de verle. Temía que hubiese abandonado Bath —dijo ella.
Agradeció él el cumplido y repuso que se había visto obligado a ausentarse durante una semana, justo al día siguiente de tener el gusto de conocerla.
—Imagino, señor Tilney, que no se arrepentirá usted de haber regresado, porque ésta es la ciudad ideal para la gente joven… bueno, a decir verdad, es la ciudad ideal para todo el mundo. Cuando mi marido me dice que está harto, le respondo siempre que no debería quejarse tanto, porque Bath es un lugar agradabilísimo, y es mucho mejor estar aquí que en el pueblo en una época tan aburrida del año como ésta. Y le digo que vaya suerte tiene de que le recomienden venir aquí por razones de salud.
—Espero, señora, que el señor Allen encuentre la ciudad de su agrado y útil a sus fines.