La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger En esto fueron interrumpidos por la señora Thorpe, quien rogó a la señora Allen que hiciera sitio para dar acomodo a la señora Hughes y a la señorita Tilney, pues habían decidido sumarse al grupo. Ella accedió y el señor Tilney, que seguía de pie ante ellas, tras pensarlo unos instantes, pidió a Catherine un baile. Este honor, por sugestivo que resultara para la joven, le produjo una gran mortificación y, al darle la negativa, expresó su tristeza con tan poco disimulo que si Thorpe, que regresó poco después, hubiera llegado medio minuto antes, habría considerado sin duda los sufrimientos de ella demasiado dolorosos. La tranquilidad con que se disculpó por haberla tenido esperando no la reconcilió de ningún modo con su suerte. Tampoco la pormenorizada historia de los caballos y perros que tenía el amigo con quien acababa de hablar, y de un intercambio de terriers que iban a hacer, le interesó lo suficiente para impedirle volverse a mirar más de una vez hacia la parte del salón donde había dejado al señor Tilney. A su querida Isabella, a quien estaba tan interesada en indicarle quién era aquel caballero, no la veía por ninguna parte. Se encontraban en grupos diferentes. Se hallaba separada de todo el grupo y lejos de todos sus amigos; una desgracia sucedía a otra, y de todo ello extrajo esta útil lección: ir comprometida de antemano a una fiesta no acrecienta necesariamente la dignidad ni el disfrute de una joven. De esta vena moralizadora fue sacada de repente por un golpecito en el hombro y, al volverse, se encontró a la señora Hughes acompañada de la señorita Tilney y de otro caballero.