La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La joven Tilney tenía un tipo elegante, una cara bonita y una expresión muy agradable; su semblante, aunque carecía de la decidida arrogancia y el estilo resuelto de Isabella, poseía una verdadera elegancia. Mostraba buena educación y mesura en sus modales, que no eran ni pacatos ni afectadamente desenvueltos, y parecía saber ser joven, atractiva y estar en un baile sin necesidad de atraer la atención de todos los hombres que hubiese a su alrededor y sin manifestar sentimientos exagerados de embeleso o de inconcebible fastidio ante cualquier suceso sin importancia. Catherine, interesada en seguida por su presencia y su relación con el señor Tilney, estaba deseando conocerla, así que se ponía a hablar con ella cada vez que se le ocurría algo que decir y contaba con el valor y la tranquilidad necesarios para expresarlo. Pero los obstáculos que, debido a la frecuente ausencia de uno o varios de estos requisitos, se interponen en el camino de una rápida intimidad les impidieron ir más allá de los primeros pasos de una amistad, teniendo que limitarse a conversar sobre lo mucho que les gustaba Bath, lo mucho que admiraban sus edificios y los alrededores, si dibujaban, tocaban algún instrumento o cantaban, o si les gustaba montar a caballo.
Acababan apenas de concluir los dos bailes, cuando Catherine sintió que su fiel Isabella la tomaba del brazo suavemente exclamando con gran animación: