La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Por fin ce encuentro! QueridÃsima Catherine, llevo una hora buscándote. ¿Cómo se te ha ocurrido venir a este grupo cuando sabÃas que yo estaba en el otro? Me sentÃa completamente desolada sin ti.
—Mi querida Isabella, ¿cómo iba a llegar a tu lado? Ni siquiera veÃa dónde estabas.
—Eso es lo que le he estado diciendo a tu hermano todo el tiempo…, pero no me creÃa. «Vaya y búsquela, señor Morland», le decÃa, pero todo en vano; no se movÃa ni una pulgada. ¿No es asÃ, señor Morland? ¡Pero los hombres son tan inmoderadamente holgazanes! Mi querida Catherine, le he reñido de un modo increÃble. Ya sabes que con gente asà no me ando con contemplaciones.
—¿Ves a esa joven que lleva unos abalorios blancos en la cabeza? —susurró Catherine separando a su amiga de James—. Es la hermana del señor Tilney.
—¡Oh, Dios mÃo! ¡No me digas! ¡Déjame verla ahora mismo! ¡Qué muchacha tan encantadora! Pero ¿dónde está el conquistador de su hermano? ¿Está en este salón? Dime ahora mismo quién es, si está aquÃ. Me muero de ganas de verlo. Señor Morland, usted no debe escuchar esto. No estamos hablando de usted.
—Pero ¿qué es todo este cuchicheo? ¿Qué sucede?
—Ya empezamos. SabÃa que ocurrirÃa. ¡Ustedes los hombres tienen una curiosidad increÃble! ¡Y encima hablan de la de las mujeres! No se puede comparar. Pero quédese satisfecho, de este asunto no va a saber nada.