La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¿Y eso me va a dejar satisfecho?
—¡Pero bueno! Nunca he conocido a nadie que se le parezca. ¿Qué puede importarle lo que estamos hablando? Tal vez estemos hablando de usted, asà que le aconsejarÃa que no escuche, no vaya a ser que oiga algo muy poco agradable.
En esta charla banal, que duró algún tiempo, el tema originario parecÃa completamente olvidado, y aunque a Catherine rio le importaba haberlo abandonado un momento, no pudo evitar una ligera sospecha ante la total desaparición de la impaciencia de Isabella por ver al señor Tilney. Cuando la orquesta empezó a ejecutar un nuevo baile, James quiso llevarse a su pareja, pero ella se resistió.
—Le he dicho, señor Morland —exclamó—, que no pienso hacer tal cosa por nada del mundo. ¿Cómo puede ser usted tan inoportuno? ImagÃnate, mi querida Catherine, lo que pretende tu hermano. Quiere que vuelva a bailar con él, aunque le digo que es de lo menos elegante y va completamente en contra de las normas. Si no cambiáramos de pareja serÃamos el hazmerreÃr del salón.
—Le aseguro por mi honor —protestó James— que en unas reuniones es asà y en otras no.