La Abadía de Northanger

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—Me alegro de ello. John tiene un sentido del humor encantador, ¿no es cierto?

—¿Has encontrado al señor Tilney, hijita? —interrumpió la señora Allen.

—No, ¿Dónde está?

—Estaba con nosotras ahora mismo. Dijo que se hallaba tan cansado de holgazanear que se iba a bailar; así que pensé que tal vez te invitaría a ti si te encontraba.

—¿Dónde podrá estar? —preguntó Catherine mirando a su alrededor; pero al poco de hacerlo lo divisó conduciendo a una joven hacia la pista.

—¡Ah! Tiene pareja… En fin, ojalá te hubiera invitado a ti —dijo la señora Allen y, tras un breve silencio, añadió—: Es un joven encantador.

—Cierto que lo es, señora Allen —dijo la señora Thorpe sonriendo complacida—; aunque no está bien que lo diga su madre, tengo que reconocer que no hay joven más agradable en el mundo.

Esta inapropiada respuesta podría haber sobrepasado la capacidad de comprensión de muchos, pero no sorprendió a la señora Allen, que, tras considerarlo unos momentos, dijo en un susurro a Catherine:

—Me parece que ha pensado que hablábamos de su hijo.

Catherine se sentía desilusionada y enfadada. Había estado a punto de hacer realidad sus deseos y esta idea no la inclinaba a una respuesta demasiado cortés cuando, poco después, John Thorpe se le acercó diciéndole:


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