La Abadía de Northanger

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La resolución de Catherine de encontrarse a la señorita Tilney conservaba toda su fuerza a la mañana siguiente; y hasta la hora habitual de acudir al salón del balneario, sintió cierta alarma ante el temor de que se lo impidieran por segunda vez. Pero esto no ocurrió, ni tampoco apareció ningún visitante que los retrasara, así que, con tiempo de sobra, se pusieron en marcha los tres camino del salón del balneario, donde se desarrollaron los acontecimientos y las conversaciones habituales. Tras beber su vaso de agua, el señor Allen se reunió con otros caballeros para comentar los acontecimientos políticos del día y comparar la información de sus respectivos periódicos. Las damas dieron un paseo juntas fijándose en todas las caras y casi todos los sombreros nuevos de la sala. La parte femenina de la familia Thorpe, acompañada de James Morland, apareció entre la multitud pasado escasamente un cuarto de hora, y Catherine ocupó el lugar de costumbre junto a su amiga. James, que ahora iba siempre con ella, continuó en el mismo sitio, al otro lado de Isabella, y, separándose del resto del grupo, pasearon los tres un rato hasta que Catherine empezó a dudar de lo apropiado de una situación que, atándola enteramente a su amiga y a su hermano, le brindaba tan pocas oportunidades de que ellos le prestaran atención. Hallábase la pareja siempre inmersa en alguna discusión sentimental o en animada disputa, pero comunicaban sus emociones con susurros tan suaves, y su vivacidad iba acompañada de risas tan frecuentes, que aunque uno u otro solicitaban a menudo la opinión de Catherine, nunca podía dar ninguna, pues no oía ni una palabra de lo que hablaban. Sin embargo, al poco rato se le autorizó a separarse de sus amigos en virtud de la reconocida necesidad de hablar con la señorita Tilney, a la que, con suma alegría, divisó precisamente cuando entraba con la señora Hughes, uniéndose a ellas en el acto con una decisión más firme de intimar que la que hubiera podido tener de no haberse visto empujada por la desilusión de la víspera. La señorita Tilney la recibió con gran cortesía, devolvió los cumplidos con la misma afabilidad, y las dos amigas estuvieron hablando mientras sus respectivos grupos de amigos permanecían en el salón; y aunque es muy probable que no hicieran observaciones o utilizaran expresiones que no se hubieran hecho o expresado bajo aquel techo un millar de veces en cualquier temporada de Bath, el mérito de ser dichas con sencillez, sinceridad y sin orgullo personal les confería tal vez un carácter insólito.


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