Los Watson
Los Watson Esto fue lo último que se le pudo oír a la Srta. Watson antes de que atravesaran el puesto de peaje y llegaran al pavimento empedrado de la ciudad, cuyo ruido y bullicio hacían desaconsejable seguir la conversación. La vieja yegua continuó trotando pesadamente, sin que fuera preciso utilizar las riendas para indicarle dónde debía girar, y sólo se equivocó al intentar detenerse en la sombrerería antes de parar delante de la puerta del Sr. Edwards. Éste vivía en la mejor casa de la calle, y en la mejor del lugar, si admitimos que la mansión que el Sr. Tomlinson, el banquero, acababa de construirse al final de la ciudad, rodeada de arbustos y con un desvío propio, está, como él mismo dice, en el campo.
La casa del Sr. Edwards era más alta que la de casi todos sus vecinos, con cuatro ventanas a ambos lados de la puerta; postes y cadenas defendían las ventanas, y un tramo de escalones de piedra conducía hasta la puerta.