Los Watson

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Sin nada que hacer más que esperar la hora de ponerse en marcha, la tarde se les hizo muy larga a las dos jóvenes, y la Srta. Edwards, a quien le incomodaba la costumbre que tenía su madre de salir tan pronto, no obstante aguardaba la hora con impaciencia. La merienda que les sirvieron a las siete supuso un pequeño respiro; afortunadamente, el Sr. y la Sra. Edwards acostumbraban a tomar un plato y una magdalena extra cuando iban a acostarse tarde, lo que prolongó el tentempié hasta casi el momento esperado.

Poco antes de las ocho oyeron pasar el carruaje de los Tomlinson, lo cual servía habitualmente de señal a la Sra. Edwards para ordenar que trajeran el suyo delante de la puerta. En apenas unos minutos el grupo se vio conducido desde el silencio y la calidez de su acogedor salón al bullicio, el ruido y las corrientes de aire que se forman en el amplio corredor de una posada. La Sra. Edwards, muy atenta a su vestido, y más atenta aún a cubrir los hombros y la garganta de las dos jóvenes que tenía a su cargo, los guio por la ancha escalera, mientras el primer rasgueo de un violín fue el único ruido que bendijo los oídos de sus acompañantes. La Srta. Edwards se atrevió a preguntar si había llegado mucha gente, y el camarero le informó de lo que ya sabía: los Tomlinson estaban en el salón.


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