Los Watson
Los Watson —Espero que sà la haya —dijo muy seria la Sra. Edwards, lanzando una rápida mirada a su hija. Emma, que acababa de reponerse de su turbación, vio cómo se sonrojaba la Srta. Edwards y, recordando lo que Elizabeth habÃa dicho del capitán Hunter, se preguntó quién gozarÃa de su favor, si el oficial o su hermano Sam.
—Las mujeres de cierta edad deberÃan ser prudentes a la hora de elegir marido por segunda vez —observó el Sr. Edwards.
—La prudencia y la discreción no deberÃan limitarse a las mujeres maduras ni a las segundas nupcias —añadió su mujer—. Son igualmente necesarias para las jóvenes cuando se casan por primera vez.
—E incluso más, querida —replicó él—, pues es probable que las jóvenes soporten las consecuencias durante más tiempo. Cuando una anciana toma una decisión absurda, no está en el curso natural de las cosas que sufra muchos años por ella.
Emma se enjugó una lágrima y la Sra. Edwards, al percatarse de ello, cambió de tema para hablar de algo que le resultara menos doloroso.