Los Watson
Los Watson 
Lord Osborne no supo qué responder. Emma no había sido sentenciosa ni sarcástica, pero había algo en su templada seriedad, así como en sus palabras, que lo dejó pensativo y, cuando volvió a dirigirse a ella, lo hizo con respetuoso decoro, muy distinto del tono torpe e imprudente que había empleado anteriormente. El deseo de querer agradar a una mujer era nuevo en él. Por primera vez se había percatado del respeto que se debía a una mujer en la situación de Emma y, puesto que no carecía de inteligencia ni de buena disposición, ese descubrimiento tuvo sus efectos.
—Tengo entendido que no lleváis mucho por aquí —dijo, en tono caballeroso—. Espero que esto os resulte agradable.
Lord Osborne fue recompensado con una gentil respuesta, y pudo contemplar el rostro de Emma con más libertad y detalle que nunca hasta entonces. Poco habituado a esforzarse, y feliz de admirar a la joven, permaneció en silencio, mientras Tom Musgrave conversaba con Elizabeth, hasta que fueron interrumpidos por Nanny, que, entreabriendo la puerta y asomando la cabeza, dijo:
—Perdón, señora, el señor quiere saber por qué no se le sirve la comida.