Los Watson

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—Señoras —dijo, mirándose a sí mismo—, os quedo muy agradecido por haberme recibido en semejante déshabillé en vuestro salón. Sinceramente, no pensé que fuera a desentonar tanto. De otro modo no me habría detenido. Lady Osborne diría que me estoy descuidando tanto como su hijo si me viera con este aspecto.

Las damas le prodigaron expresiones de amabilidad y gentileza, y Robert Watson, mirándose fugazmente el pelo en el espejo de enfrente, dijo con igual cortesía:

—No podéis estar más en déshabillé que yo. Llegamos tan tarde que no he tenido tiempo ni de empolvarme el pelo.

Emma no pudo evitar imaginar lo que estaría sintiendo su cuñada en ese momento.

Cuando retiraron el té, Tom dijo algo de su carruaje, pero puesto que habían sacado la vieja mesa de juego, las fichas y una baraja razonablemente limpia que Margaret había traído del aparador, todos le insistieron tanto en que se uniera al grupo que él accedió a quedarse un cuarto de hora más. Hasta Emma se alegró de que lo hiciera, pues empezaba a sentir que una reunión familiar puede ser la peor de las reuniones, y los demás se mostraron encantados.

—¿Qué juego preferís? —preguntó él, mientras se situaban alrededor de la mesa.


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