Mansfield Park

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Maria, atendida únicamente por el señor Rushworth, y condenada a escuchar los repetidos incidentes del deporte diario de éste, buenos o malos, su jactancia acerca de sus perros, sus celos de los vecinos, sus dudas sobre el derecho de éstos a cazar, su persecución de los furtivos —temas que no llegarán a la sensibilidad femenina si no hay talento en el uno, o afición en la otra—, había echado muchísimo de menos al señor Crawford; y Julia, libre y sin nada que hacer, se consideraba con todo el derecho a echarle de menos mucho más. Cada hermana se creía la predilecta. Julia lo justificaba por las indirectas de la señora Grant, inclinada a creer lo que deseaba, y Maria por las indirectas del propio señor Crawford. Todo volvió al mismo cauce de antes de marcharse: su trato con las dos era lo bastante animado y agradable para no perder terreno con ninguna, evitando la formalidad y toda persistencia, solicitud o fervor que pudiera llamar la atención de los demás.








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