Mansfield Park
Mansfield Park Su ambiente era tan acogedor que incluso sin fuego era habitable muchas mañanas tempranas de primavera, y muchas mañanas tardías de otoño para un espíritu voluntarioso como el de Fanny; y mientras había un rayo de sol, esperaba que no la sacaran de allí, aunque estuviese ociosa todo el tiempo. Allí podía encerrarse después de cualquier trance desagradable abajo, y hallar inmediato consuelo en alguna ocupación o curso de sus pensamientos. Tenía al alcance sus plantas, sus libros —que fue coleccionando desde que tuvo el primer chelín—, su pupitre y sus labores de caridad o de ingenio; o, si no se sentía con ganas de hacer nada, si no podía hacer otra cosa que meditar, no veía ningún objeto en este aposento que no estuviera vinculado a algún recuerdo entrañable. Todas las cosas eran amigas, o encauzaban sus pensamientos hacia algún amigo; y aunque a veces había sufrido mucho, aunque sus motivos habían sido a menudo mal interpretados, sus sentimientos mirados con indiferencia y su comprensión subestimada, aunque había conocido el dolor de la tiranía, el ridículo y la indiferencia, sin embargo casi toda repetición de lo uno o lo otro le había traído algún consuelo: su tía Bertram la había recomendado, la señorita Lee la había animado, y —lo que era más frecuente— Edmund había sido su defensor y amigo: había apoyado su causa, o le había explicado sus propias intenciones, le había dicho que no llorase, o le había dado alguna prueba de afecto que hizo deliciosas sus lágrimas… Y ahora, la distancia lo había fundido y armonizado todo a tal extremo que cualquier aflicción pasada tenía su dulzura. Le era muy querida esta habitación, y no habría cambiado sus muebles por los más suntuosos de la casa, aunque lo que había sido originalmente sencillo había sufrido todos los estragos infantiles… y sus mayores elegancias y ornamentos eran un gastado taburete de trabajo de Julia, demasiado estropeado para figurar en el salón, tres transparencias último grito en los tres cristales inferiores de una ventana, donde la abadía de Tintern se hallaba entre una caverna italiana y un lago de Cumberland iluminado por la luna, una colección de siluetas de la familia que, indignas de figurar en otro sitio, se hallaban en la repisa de la chimenea, y junto a ellas, clavado en la pared, el pequeño boceto de un barco, enviado hacía cuatro años por William desde el Mediterráneo, con «El Antwerp» al pie, con letras tan altas como el palo mayor.