Mansfield Park

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A este refugio bajó ahora Fanny para tratar de apaciguar su espíritu agitado y vacilante; para ver si contemplando la silueta de Edmund captaba alguno de sus consejos, o dando aire a sus geranios podía aspirar un soplo de fuerza espiritual. Pero era más que el temor por su propia perseverancia lo que tenía que disipar; había empezado a sentirse indecisa sobre lo que debía hacer; y mientras daba vueltas por la habitación, sus dudas iban en aumento. ¿Tenía razón al negarse a hacer lo que con tanto ardor le pedían, lo que con tanta fuerza deseaban? ¿Qué podía ser tan esencial frente a un plan en el que algunas de las personas a las que debía la mayor amabilidad habían puesto el corazón? ¿No era eso malevolencia, egoísmo y miedo a exponerse? ¿Y era suficiente la opinión de Edmund, su convencimiento de que sir Thomas lo desaprobaría totalmente, para justificar su decidida negativa a los demás? Era tan horrible para ella representar que recelaba de la verdad y la pureza de sus propios escrúpulos; y al mirar a su alrededor, vio reforzado el derecho de sus primos a ser complacidos, con la presencia de los numerosísimos obsequios que había recibido de ellos. La mesa entre las ventanas estaba cubierta de cajas de labores y estuches de agujas que le habían regalado en distintas ocasiones, sobre todo Tom; y se sintió abrumada por la deuda que todos estos recuerdos generosos le producían. Un golpecito en la puerta la sacó de este intento de encontrar el camino de su deber, y a su suave «pase» siguió la aparición de alguien ante el cual solía dejar a un lado todas sus dudas. Se le iluminaron los ojos al ver a Edmund.


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