Mansfield Park
Mansfield Park —Nada, supongo. Naturalmente, ha de tener el libro. Vamos allá. Debemos tener dos sillas a mano que usted debe acercar al proscenio. Vaya…, estas sillas son buenas para una clase, aunque no parecen estar pensadas para el teatro. Son estupendas para sentarse unas niñas, y darse patadas mientras les explican la lección. ¿Qué dirÃan su profesora y su tÃo si vieran que les damos esta otra aplicación? Si nos viese sir Thomas en este momento, ensayando en toda la casa, se santiguarÃa. Yates no para de vociferar en el comedor. Le he oÃdo cuando subÃa la escalera; y el teatro, naturalmente, está ocupado por Agatha y Frederick, que no se cansan de ensayar. Si no les sale perfecto me llevaré una sorpresa. A propósito, me he asomado hace cinco minutos, justo en uno de esos momentos en que intentan no abrazarse, y el señor Rushworth estaba conmigo. Me pareció que empezaba a ponerse nervioso, asà que he salido lo mejor que podÃa, diciéndole en voz baja: «Hará una estupenda Agatha; hay algo muy maternal en su actitud, y algo enormemente maternal en su voz y en su semblante». ¿No he hecho bien? Se ha animado en seguida. Y ahora, vamos a mi monólogo.