Mansfield Park

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Fanny no compartía este calor. Su ánimo se entenebrecía con el resplandor del de ellos, y se daba cuenta de que se estaba casi reduciendo a la nada para ellos, hasta el punto de no encontrar consuelo alguno en el hecho de haber sido requerida por el uno y el otro. Ahora debían ensayar juntos. Edmund se lo propuso a la dama: le suplicó, le insistió hasta que, no muy mal dispuesta desde el principio, no fue capaz de negarse al final… y pidieron a Fanny que les apuntara y observara tan sólo. Le otorgaron, efectivamente, la función de juez y crítico, y ella expresó seriamente su deseo de ejercerla, y de señalarles los defectos; pero todos sus sentimientos se negaban a hacer tal cosa, y no pudo, no quiso, no se atrevió a intentarlo. De haber estado capacitada para la crítica, su conciencia le habría impedido manifestar la menor desaprobación: creía sentir demasiada sobre el conjunto para ser justa y sincera con los detalles. Ya era suficiente para ella con apuntarles; a veces, más que suficiente; porque no siempre lograba prestar atención al libro. Observándolos, se olvidaba de sí misma; y agitada por la actitud cada vez más animada de Edmund, cerró el libro y se alejó exactamente cuando él necesitaba ayuda. Lo atribuyeron a un muy razonable cansancio, le dieron las gracias y la compadecieron. Pero Fanny merecía más compasión de la que ella esperaba que sospechasen. Por último, concluyó la escena, y se vio obligada a sumar sus elogios a los cumplidos que se dirigieron el uno al otro; y cuando estuvo sola otra vez, y fue capaz de repasar mentalmente lo ocurrido, se inclinó a creer que su interpretación iba a tener tanto sentimiento y naturalidad que sin duda daría prestigio a los dos, y que sería para ella una dolorosa exhibición. Fuera cual fuese su efecto, no obstante, este día aún debía recibir el embate más fuerte.


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