Mansfield Park
Mansfield Park —¡Mi querido sir Thomas, tenía que haber visto el estado de los caminos ese día! Creía que no íbamos a llegar, aunque naturalmente llevábamos cuatro caballos; y el pobre cochero quiso acompañarnos, con su gran afecto y amabilidad, aunque casi no podía ir sentado en el pescante a causa del reuma sobre el que yo le venía atendiendo desde San Miguel. Al final se lo he curado; pero pasó muy mal todo el invierno, y ese día amaneció tan húmedo que no pude por menos de ir a su aposento, antes de ponernos en camino, y decirle que no se aventurase: se estaba poniendo ya la peluca; y le dije: «Cochero, será mejor que no venga; su señora y yo iremos sin problemas; ya sabe lo seguro que es Stephen, y Charles lleva tanto tiempo yendo en los delanteros, que estoy segura de que no hay ningún peligro». Pero enseguida me di cuenta de que no servía de nada; estaba decidido a ir; y como no quiero ser pesada y entrometida, no le insistí. Pero cada sacudida me dolía por él; y cuando nos metimos en los carriles pedregosos de Stoke, donde entre el hielo y la nieve sobre las piedras, la cosa estaba de mal como no se puede imaginar, sentí verdadera angustia por él. ¡Y luego, los pobres caballos! ¡Ya sabe usted la pena que me han dado siempre los caballos! Y cuando llegamos al pie de la cuesta de Sandcroft, ¿qué dirá usted que hice? Se va a reír de mí, pero me bajé del coche y subí andando. Eso hice. Puede que no les ahorrara mucho, pero algo era; no podía soportar ir cómodamente sentada, a costa de esos nobles animales. Cogí un resfriado espantoso, pero no me importó. Mi propósito se cumplía con la visita.