Mansfield Park

Mansfield Park

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El señor Yates empezó a comprender ahora las intenciones de sir Thomas, aunque seguía lejos de adivinar por qué. Él y su amigo habían estado de caza casi toda la mañana, y Tom había aprovechado la ocasión para explicarle, con oportunas disculpas por las rarezas de su padre, lo que cabía esperar. El señor Yates lo sintió todo lo profundamente que se puede suponer. Verse frustrado por segunda vez en lo mismo era un caso de verdadera mala suerte; y su indignación era tal que, si no hubiera sido porque deseaba mostrar delicadeza hacia su amigo y su hermana más joven, habría considerado un deber hacer ver al baronet lo absurdo de su proceder, e inspirarle un poco más de racionalidad. Así lo pensaba firmemente mientras estuvieron en el bosque de Mansfield y durante todo el camino de regreso; pero había algo en sir Thomas, cuando estuvieron sentados alrededor de la misma mesa, que hizo que el señor Yates juzgase más prudente dejarle tranquilo, permitir que siguiese creyéndolo una insensatez y no enfrentarse a él. Había conocido muchos padres insoportables, y había tropezado a menudo con las contrariedades que ocasionaban; pero nunca en toda su vida había visto ninguno de esta categoría: tan obtusamente moral, tan odiosamente tirano como sir Thomas. No era él hombre que lo soportara, si no fuera por sus hijos; y podía agradecer a su preciosa hija Julia el que el señor Yates decidiera seguir unos días más bajo su techo.


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