Mansfield Park
Mansfield Park —No quiero hablar de mi felicidad —dijo—, aunque es grande, porque pienso sólo en la suya. Comparado con usted, ¿quién tiene derecho a ser feliz? Casi me ha sabido mal enterarme yo primero de lo que debÃa haberle llegado a usted antes que a nadie. Sin embargo, no he perdido un solo instante. El correo ha venido con retraso esta mañana, pero desde ese momento no me he entretenido ni un segundo. ¡No voy a describirle lo impaciente, lo preocupado, lo desesperado que me tenÃa este asunto; lo terriblemente mortificado, lo cruelmente decepcionado que me sentÃa por no haberlo dejado concluido durante mi estancia en Londres! Estuve allÃ, dÃa tras dÃa, con la esperanza de conseguirlo, porque nada sino un objetivo tan querido me habrÃa retenido la mitad de tiempo lejos de Mansfield. Pero aunque mi tÃo compartÃa mi interés con todo el calor que yo podÃa desear, y enseguida se puso en movimiento, hubo dificultades debidas a la ausencia de un amigo, y a los compromisos de otro, de manera que no pude soportar quedarme hasta el final; y como sabÃa que la causa estaba en buenas manos, me vine el lunes, confiando en que no pasarÃan muchos correos antes de que me llegasen estas mismas cartas. Mi tÃo, que es el hombre más bueno del mundo, puso todo su interés, como yo sabÃa que harÃa, en cuanto conoció a su hermano. Le encantó. Ayer no quise decirle cuánto, ni repetirle la mitad de lo que dijo el almirante en su alabanza. Lo aplacé todo hasta que su alabanza quedara confirmada como alabanza de amigo, tal como ha ocurrido hoy. Ahora declaro que no podÃa haber pedido yo que William Price despertara más interés, ni fuera acompañado de más cálidos deseos y más altas recomendaciones, que los que mi tÃo le otorgó espontáneamente tras la velada que pasaron juntos.