Mansfield Park
Mansfield Park Fanny sabía lo que quería decir, pero no era juez de su forma de decirlo. Su manera de hacerlo era irremediablemente amable, y no se daba cuenta de lo mucho que ésta ocultaba la firmeza de su propósito. Su timidez, su gratitud, su dulzura, hacían que cada expresión de indiferencia pareciese casi un esfuerzo de abnegación; parecía, en definitiva, infligirse casi tanto dolor a sí misma como a él. El señor Crawford no era ya el señor Crawford al que, como admirador clandestino, insidioso y traicionero de Maria Bertram, había aborrecido, había odiado ver o tratar, en el que había creído que no existía ninguna buena cualidad, y al que apenas había reconocido el don de hacerse agradable. Ahora era el señor Crawford que le declaraba un amor ardiente y desinteresado; cuyos sentimientos, al parecer, se habían vuelto dignos y enaltecedores, cuya noción de la felicidad se cifraba en un matrimonio por amor; que se extendía en los méritos de ella, y en describir y describir su afecto, probando —hasta donde podían probar las palabras— con el lenguaje, tono y espíritu de un hombre de talento, que la pretendía por su dulzura y su bondad. Y, para colmo de completar, ¡ahora era el señor Crawford que había procurado el ascenso de William!