Mansfield Park

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—Bien —dijo Crawford tras una serie de rápidas preguntas y desganadas respuestas—, ahora me siento más feliz, porque comprendo más claramente la opinión que tiene de mí. Piensa que soy voluble, que me dejo llevar por el capricho del momento, que soy fácil de tentar, y abandono fácilmente. Con semejante opinión, no me extraña que… Pero ya veremos. No es con declaraciones como debo intentar convencerla de que me juzga mal, no es diciéndole que mis afectos son firmes. Mi conducta hablará por mí: la ausencia, la distancia, el tiempo, hablarán por mí. Demostrarán que, si ha de ser usted merecida por alguien, lo será por mí; usted me supera infinitamente en méritos; eso lo sé. Posee cualidades que nunca había imaginado que existieran en tal grado en ser humano ninguno. Tiene rasgos de ángel, más allá de lo que… no sólo más allá de lo que vemos, porque jamás vemos nada parecido, sino ms allá de lo que uno imagina que puede existir. De todos modos, no me asusta. No es igualándola en méritos como se la puede ganar. Eso es imposible. Sólo el que vea sus méritos y los adore con más devoción, el que la ame más acendradamente, tendrá más derecho a esa recompensa. Ahí baso mi confianza. Por ese derecho la merezco y quiero merecerla; y una vez que se haya convencido de que mi afecto es tal como lo declaro, la conozco demasiado bien para no abrigar las más cálidas esperanzas. Sí, mi querida y dulce Fanny. No —al verla hacerse hacia atrás, molesta—, perdóneme. Tal vez no tengo derecho aún… Pero ¿con qué otro nombre la puedo llamar? ¿Acaso cree que está perpetuamente presente en mi imaginación con ningún otro? No: es en «Fanny» en quien pienso durante el día y con quien sueño durante la noche. Usted ha dado al nombre tan dulce realidad que ningún otro podría describirla a usted ahora.


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