Mansfield Park

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Su decepción respecto a su madre aún fue mayor; ahí había esperado mucho, y no había encontrado casi nada. Toda idea halagüeña de ser importante para ella se le vino abajo muy pronto. La señora Price no era adusta, pero en vez de granjearse el afecto y la confianza de su hija, y hacerse querer cada vez más, ésta no obtuvo de ella más grandes muestras de amabilidad que las que recibió el día de su llegada. La señora Price satisfizo muy pronto su instinto natural, y su afecto no tenía otra fuente. El corazón y el tiempo los tenía ya completamente ocupados; no disponía de un momento ni de un afecto que poder dedicar a Fanny. Nunca habían representado mucho sus hijas para ella. Adoraba a los chicos, especialmente a William; aunque la hija por la que más debilidad había mostrado siempre era Betsey. Con ella, su tolerancia rayaba en la insensatez. William era su orgullo; Betsey, su debilidad; y John, Richard, Sam, Tom y Charles ocupaban el resto de su natural solicitud, y unas veces eran su preocupación y otras su consuelo. Ellos eran los que se repartían su corazón; en cuanto a su tiempo, lo dedicaba sobre todo a la casa y a las criadas. Se pasaba los días en una especie de lento ajetreo: siempre ocupada sin adelantar, siempre retrasada, y siempre quejándose de ese retraso sin cambiar de método; deseando economizar, pero sin orden ni regularidad; descontenta con las criadas, pero sin habilidad para hacer que mejorasen; y tanto si las ayudaba como si las regañaba o era tolerante con ellas, jamás lograba ganarse su respeto.


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