Mansfield Park
Mansfield Park Una vez dentro del arsenal, empezó a abrigar esperanzas de tener algún feliz intercambio con Fanny, al unírseles muy pronto un camarada de haraganería del señor Price que había acudido a ver, como todos los días, cómo marchaban los trabajos, y que sin duda era mucho más digno compañero que él; y al cabo de un rato, los dos suboficiales parecían satisfechísimos de pasear juntos y discutir cuestiones de común e inagotable interés, mientras los jóvenes se sentaban en unas vigas del astillero, o encontraban asiento a bordo de una nave de la grada que visitaban todos juntos. Fanny precisamente necesitaba descansar. Crawford no podía haberla deseado más fatigada o más dispuesta a sentarse; aunque sí habría querido que se fuera su hermana. Una jovencita como Susan, fijona y de esa edad, era la peor acompañante del mundo: diametralmente opuesta a lady Bertram, era toda ojos y oídos; de manera que no había forma de abordar la cuestión principal delante de ella. Debía contentarse con mostrarse agradable, y dejar que Susan participara del entretenimiento, dirigiendo de vez en cuando alguna mirada o alguna alusión a Fanny, más enterada y sabedora. El tema que más dio de sí fue Norfolk; acababa de estar allí un tiempo, y todo lo relacionado con Norfolk estaba adquiriendo importancia debido a sus planes actuales. Un hombre como él no podía llegar de un sitio o de una reunión sin sacar algo gracioso que contar; sus viajes y sus amistades le fueron de utilidad, y Susan se divirtió de una forma enteramente nueva para ella. Para Fanny, sus palabras contenían algo más que la amenidad anecdótica de las fiestas en las que había estado. Expuso —para que ella juzgase— la razón concreta de su viaje a Norfolk en esta época inusual del año. Había ido por un asunto muy serio, relativo a la renovación de un arrendamiento en el que estaba en juego la situación de una familia numerosa y —creía él— trabajadora. Había sospechado que su administrador se traía algún manejo bajo cuerda, que pretendía hacerle ver que no se merecía esa renovación; así que había decidido ir personalmente e indagar a fondo el caso. Había ido; había hecho incluso más bien del que había previsto; había sido más útil de lo que había calculado; y ahora podía congratularse de ello, y comprobar que cumpliendo su deber había ganado gratos recuerdos para su propio espíritu. Había visitado arrendatarios a los que no había visto antes; había empezado a conocer casas cuya existencia —aunque estaban en sus tierras— desconocía hasta este momento. Todo esto iba dirigido, y bien dirigido, a Fanny. Le agradaba oírle hablar tan acertadamente; aquí, había obrado como debía. ¡Ser amigo de los pobres y de los oprimidos! Nada podía ser más grato a Fanny; y estaba a punto de concederle una mirada de aprobación, cuando la asustó al añadir algo demasiado insinuante sobre su esperanza de tener pronto una ayuda, un amiga, una guía en todos los planes útiles o caritativos para Everingham, alguien que hiciese de Everingham y su contorno algo más caro de lo que había sido hasta ahora.