Mansfield Park
Mansfield Park —Mi querida hermana —dijo Mary—, si logras convencerle para que haga algo asÃ, será un nuevo motivo de alegrÃa para mÃ, porque contaré con un aliado tan inteligente; lo que siento es que no tengas media docena de hijas que colocar. Si convences a Henry de que se case, es que tienes las habilidades de la mujer francesa. Todas las de la inglesa han sido probadas ya. Tengo tres amigas, sobre todo, que han languidecido por él una tras otra; ¡y no te puedes figurar los esfuerzos que han hecho ellas, sus madres (mujeres muy inteligentes), y hasta mi tÃa y yo, para convencerle, persuadirle y engatusarle para que se casara! Es el mayor mariposón que te puedes imaginar. Si esas señoritas Bertram no quieren acabar con el corazón destrozado, será mejor que eviten a Henry.
—Mi querido hermano, no quiero creer eso de ti.
—No; estoy seguro de que eres demasiado buena. Más buena que Mary. Hay que disculpar la inexperiencia y las vacilaciones de la juventud. Yo soy de carácter precavido, y no estoy dispuesto a poner en peligro mi felicidad con una decisión apresurada. Nadie tiene más alto concepto del matrimonio que yo. Me parece acertadÃsima la descripción de la esposa que hace ese verso discreto del poeta: «El último regalo del Cielo».
—Observa, señora Grant, la palabra que recalca; y observa su sonrisa: las lecciones del almirante lo han echado a perder.