Mansfield Park
Mansfield Park Se hallaba ensimismada en otras meditaciones. Le había venido a la memoria el recuerdo de la primera tarde en esta habitación, de su padre con el periódico. Ahora no hacía falta ninguna vela. El sol aún estaba una hora y media por encima del horizonte. Se daba perfecta cuenta de los tres meses que llevaba aquí; y los rayos de sol que entraban con fuerza en el salón, en vez de animarla, la hacían sentirse más melancólica; porque el sol en la ciudad parecía totalmente diferente del que lucía en el campo. Aquí, su fuerza era sólo un fulgor, un fulgor sofocante, enfermizo, que sólo servía para delatar las manchas y la suciedad que de otro modo habrían seguido durmiendo. No había ni salud ni alegría en el sol de la ciudad. Y estaba sentada en un resplandor caliente y opresivo, en una nube moviente de polvo; y sus ojos no podían hacer otra cosa que vagar de las paredes señaladas por la cabeza del padre a la mesa rayada y horadada por sus hermanos, donde estaba la bandeja del té, nunca limpia del todo, las tazas y los platos con ribetes mal aclarados, la leche, un líquido azul desleído con motas flotantes, y el pan con mantequilla cada vez más grasiento de lo que lo acababan de dejar las manos de Rebeca. Su padre leía el periódico, y su madre se lamentaba como siempre de la alfombra raída, mientras preparaban el té, y expresaba su deseo de que Rebeca la remendase. Fanny volvió en sí cuando su padre, tras inclinarse a leer determinado párrafo, le preguntó en voz alta: