Mansfield Park
Mansfield Park —Bien, Fanny; enseguida termino. Te he contado la sustancia de lo que dijo ella. Yo, en cuanto fui capaz de hablar, le contesté que el estado de ánimo con que habÃa llegado a esa casa era tal, que no pensaba que pudiese ocurrir nada que me hiciera sufrir más, pero que me habÃa herido más profundamente casi con cada frase. Que aunque habÃa notado a menudo, a lo largo de nuestra amistad, diferencias de opinión entre nosotros, incluso en cuestiones de cierta trascendencia, nunca habÃa llegado a imaginar que esa diferencia fuese como la que ahora se revelaba. Que su forma de hablar del espantoso crimen cometido por su hermano y mi hermana (no quise entrar en quién habÃa puesto más empeño en la seducción), su forma de hablar del crimen mismo, haciéndole todos los reproches menos los que eran de justicia, considerando sólo las malas consecuencias que tenÃan que afrontar o soslayar desafiando el decoro con gran desvergüenza; y finalmente, y sobre todo, recomendándonos una conformidad, un compromiso, una resignación con la continuidad del pecado en la esperanza de un matrimonio que, pensando lo que pensaba ahora yo de su hermano, debÃa impedir más que buscar, todo esto junto me convencÃa dolorosamente de que nunca la habÃa comprendido y que, en lo que se referÃa al espÃritu, habÃa sido con un producto de mi imaginación, y no con la señorita Crawford, con quien tantas veces habÃa conversado morosamente durante los meses pasados. Que puede que asà fuera mejor para mÃ: menos sentirÃa la pérdida de una amistad, de unos sentimientos, de unas esperanzas que de todos modos tenÃa que arrancar ahora de mÃ. Y sin embargo, debo y quiero confesar que, de haberla podido devolver a como me parecÃa antes, habrÃa preferido infinitamente cualquier aumento del dolor por la separación, a cambio de llevarme conmigo el derecho a sentir cariño y estima por ella. Eso es lo que le dije, la sustancia de lo que le dije… Pero como puedes imaginar, no se lo dije tan sosegada y metódicamente como te lo repito ahora. Estaba asombrada, muy asombrada… más que asombrada. Vi que cambiaba de color. Se puso intensamente colorada. Me pareció que se le agolpaba una multitud de sentimientos, que sostenÃa una lucha intensa pero breve, mitad deseo de rendirse a la verdad, mitad sentimiento de vergüenza; pero el hábito, el hábito fue el que ganó. Se habrÃa echado a reÃr, si hubiera podido. Tuvo un amago de risa, cuando contestó: «Precioso discurso, en verdad. ¿Forma parte de su último sermón? A este paso, no tardará en reformar a todo el mundo de Mansfield y Thornton Lacey. La próxima vez que oiga hablar de usted, puede que sea como célebre predicador de alguna gran sociedad metodista, o como misionero en algún paÃs extranjero». Trataba de hablar con indiferencia; pero no era tan indiferente como pretendÃa aparentar. Yo sólo le dije en respuesta que deseaba de todo corazón que le fuera bien, y que esperaba sinceramente que aprendiese pronto a pensar con más rectitud, y no tuviera que agradecer el más valioso de los conocimientos que todos podemos adquirir, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestro deber, a las lecciones de la aflicción… y abandoné la estancia inmediatamente. HabÃa dado unos pasos, Fanny, cuando oà abrirse la puerta detrás de mÃ. «Señor Bertram», dijo. Me volvÃ: «Señor Bertram», dijo con una sonrisa; pero era una sonrisa que decÃa mal con la conversación que acabábamos de tener, una sonrisa atrevida que parecÃa invitar, a fin de aplacarme; al menos eso me pareció a mÃ. ResistÃ; el impulso momentáneo fue resistir, y seguà andando. Después, alguna vez, aunque de manera fugaz, he sentido no haber vuelto. Pero sé que hice bien; ¡y ése ha sido el fin de nuestra amistad! ¡Y qué amistad! ¡Qué engañado me tenÃan! ¡Tanto el hermano como la hermana! Gracias por tu paciencia, Fanny. Ha sido un alivio inmenso para mÃ; y ahora hemos terminado.