Mansfield Park
Mansfield Park —SĂ; es un inconveniente, desde luego —dijo el señor Bertram—. Eso nos induce a error. Y uno no sabe quĂ© hacer. La toca ajustada y el ademán recatado que tan bien describe usted (y nada es más exacto) nos indican quĂ© se puede esperar; pero el año pasado metĂ yo la pata de una manera espantosa por falta de ambas cosas. El mes de septiembre fui a Ramsgate a pasar una semana con un amigo (justo al regresar de las Indias Occidentales): con mi amigo Sneyd; Edmund, tĂş me has oĂdo hablar de Sneyd. Sus padres y sus hermanas estaban allĂ. Yo no los conocĂa. Cuando llegamos a Albion Place habĂan salido; fuimos a buscarles y les encontramos en el malecĂłn. Estaban la señora Sneyd y sus dos hijas con unos amigos. Les saludĂ© con toda deferencia; y como la señora Sneyd iba rodeada de caballeros, me puse al lado de una de las hijas, y fui todo el camino de vuelta al lado de ella, mostrándome lo más amable que podĂa; la joven se comportaba de una manera totalmente natural, y tan deseosa de hablar como de escuchar. Ni por un momento se me ocurriĂł que estuviera haciendo nada incorrecto. Me parecĂa que las dos iban igual; las dos bien vestidas, con velo y sombrilla como cualquier joven. Pero despuĂ©s me enterĂ© de que habĂa estado dedicando mis atenciones a la más joven, que no habĂa debutado, y que con ello habĂa ofendido enormemente a la mayor. La señorita Augusta no debĂa haber recibido ese trato hasta seis meses despuĂ©s; y la señorita Sneyd no me lo ha perdonado, creo.