Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Se lo comunicaron rápidamente a sir William y a lady Lucas para que les dieran su consentimiento, que fue otorgado con la mayor presteza y alegrÃa. La situación de Collins le convertÃa en un partido muy apetecible para su hija, a quien no podÃan legar más que una escasa fortuna, y las perspectivas de un futuro bienestar eran demasiado tentadoras. Lady Lucas se puso a calcular seguidamente y con más interés que nunca cuántos años más podrÃa vivir el señor Bennet, y sir William expresó su opinión de que cuando Collins fuese dueño de Longbourn serÃa muy conveniente que él y su mujer hiciesen su aparición en St. James. Total que toda la familia se regocijó muchÃsimo por la noticia. Las hijas menores tenÃan la esperanza de ser presentadas en sociedad un año o dos antes de lo que lo habrÃan hecho de no ser por esta circunstancia. Los hijos se vieron libres del temor de que Charlotte se quedase soltera. Charlotte estaba tranquila. HabÃa ganado la partida y tenÃa tiempo para considerarlo. Sus reflexiones eran en general satisfactorias. A decir verdad, Collins no era ni inteligente ni simpático, su compañÃa era pesada y su cariño por ella debÃa de ser imaginario. Pero, al fin y al cabo, serÃa su marido. A pesar de que Charlotte no tenÃa una gran opinión de los hombres ni del matrimonio, siempre lo habÃa ambicionado porque era la única colocación honrosa para una joven bien educada y de fortuna escasa, y, aunque no se pudiese asegurar que fuese una fuente de felicidad, siempre serÃa el más grato recurso contra la necesidad. Este recurso era lo que acababa de conseguir, ya que a los veintisiete años de edad, sin haber sido nunca bonita, era una verdadera suerte para ella. Lo menos agradable de todo era la sorpresa que se llevarÃa Elizabeth Bennet, cuya amistad valoraba más que la de cualquier otra persona. Elizabeth se quedarÃa boquiabierta y probablemente no lo aprobarÃa; y, aunque la decisión ya estaba tomada, la desaprobación de Elizabeth le iba a doler mucho. Resolvió comunicárselo ella misma, por lo que recomendó a Collins, cuando regresó a Longbourn a comer, que no dijese nada de lo sucedido. Naturalmente, él le prometió como era debido que guardarÃa el secreto; pero su trabajo le costó, porque la curiosidad que habÃa despertado su larga ausencia estalló a su regreso en preguntas tan directas que se necesitaba mucha destreza para evadirlas; por otra parte, representaba para Collins una verdadera abnegación, pues estaba impaciente por pregonar a los cuatro vientos su éxito amoroso.