Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―El que a ella no le importe no justifica a Wickham. Sólo demuestra que esa señorita carece de sentido o de sensibilidad.
―Bueno ――exclamó Elizabeth―, como tú quieras. Pongamos que él es un cazador de dotes y ella una tonta.
―No, Elizabeth, eso es lo que no quiero. Ya sabes que me dolerÃa pensar mal de un joven que vivió tanto tiempo en Derbyshire.
―¡Ah!, pues si es por esto, yo tengo muy mal concepto de los jóvenes que viven en Derbyshire, cuyos Ãntimos amigos, que viven en Hertfordshire, no son mucho mejores. Estoy harta de todos ellos. Gracias a Dios, mañana voy a un sitio en donde encontraré a un hombre que no tiene ninguna cualidad agradable, que no tiene ni modales ni aptitudes para hacerse simpático. Al fin y al cabo, los hombres estúpidos son los únicos que vale la pena conocer.
―¡Cuidado, Lizzy! Esas palabras suenan demasiado a desengaño.
Antes de separarse por haber terminado la obra, Elizabeth tuvo la inesperada dicha de que sus tÃos la invitasen a acompañarlos en un viaje que pensaban emprender en el verano.
―TodavÃa no sabemos hasta dónde iremos ―dijo la señora Gardiner―, pero quizá nos lleguemos hasta los Lagos.