Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Mientras hablaba, Elizabeth observó que el coronel la miraba muy serio, y la forma en que le preguntó en seguida que cómo suponía que la señorita Darcy pudiera darles algún quebradero de cabeza, convenció a Elizabeth de que, poco o mucho, se había acercado a la verdad. La joven contestó a su pregunta directamente:
―No se asuste. Nunca he oído decir de ella nada malo y casi aseguraría que es una de las mejores criaturas del mundo. Es el ojo derecho de ciertas señoras que conozco: la señora Hurst y la señorita Bingley. Me parece que me dijo usted que también las conocía.
―Algo, sí. Su hermano es un caballero muy agradable, íntimo amigo de Darcy.
―¡Oh, sí! ―dijo Elizabeth secamente―. El señor Darcy es increíblemente amable con el señor Bingley y lo cuida de un modo extraordinario.
―¿Lo cuida? Sí, realmente, creo que lo cuida precisamente en lo que mayores cuidados requiere. Por algo que me contó cuando veníamos hacia aquí, presumo que Bingley le debe mucho. Pero debo pedirle que me perdone, porque no tengo derecho a suponer que Bingley fuese la persona a quien Darcy se refería. Son sólo conjeturas.
―¿Qué quiere decir?