Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¡Oh, Mary! ―exclamó―. ¡Cuánto me hubiese gustado que hubieras venido con nosotras! ¡Nos hemos divertido de lo lindo! Cuando Ãbamos Catherine y yo solas, cerramos todas las ventanillas para hacer ver que el coche iba vacÃo, y habrÃamos ido asà todo el camino, si Catherine no se hubiese mareado. Al llegar al «George» ¡fuimos tan generosas!, obsequiamos a las tres con el aperitivo más estupendo del mundo, y si hubieses venido tú, te habrÃamos invitado a ti también. ¡Y qué juerga a la vuelta! Pensé que no Ãbamos a caber en el coche. Estuve a punto de morirme de risa. Y todo el camino lo pasamos bárbaro; hablábamos y reÃamos tan alto que se nos habrÃa podido oÃr a diez millas.
Mary replicó gravemente:
―Lejos de mÃ, querida hermana, está el despreciar esos placeres. Serán propios, sin duda, de la mayorÃa de las mujeres. Pero confieso que a mà no me hacen ninguna gracia; habrÃa preferido mil veces antes un libro.
Pero Lydia no oyó una palabra de su observación. Rara vez escuchaba a nadie más de medio minuto, y a Mary nunca le hacÃa ni caso.