Orgullo y prejuicio

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―Si así lo cree, eso dice mucho en favor del señor Darcy.

―No digo más que la verdad y lo que diría cualquiera que le conozca ―replicó la señora Reynolds. Elizabeth creyó que la cosa estaba yendo demasiado lejos, y escuchó con creciente asombro lo que continuó diciendo el ama de llaves.

―Nunca en la vida tuvo una palabra de enojo conmigo. Y le conozco desde que tenía cuatro años. Era un elogio más importante que todos los otros y más opuesto a lo que Elizabeth pensaba de Darcy. Siempre creyó firmemente que era hombre de mal carácter. Con viva curiosidad esperaba seguir oyendo lo que decía el ama, cuando su tío observó:

―Pocas personas hay de quienes se pueda decir eso. Es una suerte para usted tener un señor así.

―Sí, señor; es una suerte. Aunque diese la vuelta al mundo, no encontraría otro mejor. Siempre me he fijado en que los que son bondadosos de pequeños, siguen siéndolo de mayores. Y el señor Darcy era el niño más dulce y generoso de la tierra.

Elizabeth se quedó mirando fijamente a la anciana: «¿Puede ser ése Darcy?», pensó.

―Creo que su padre era una excelente persona ―agregó la señora Gardiner.


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