Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―SÃ, señora; sà que lo era, y su hijo es exactamente como él, igual de bueno con los pobres.
Elizabeth oÃa, se admiraba, dudaba y deseaba saber más. La señora Reynolds no lograba llamar su atención con ninguna otra cosa. Era inútil que le explicase el tema de los cuadros, las dimensiones de las piezas y el valor del mobiliario. El señor Gardiner, muy divertido ante lo que él suponÃa prejuicio de familia y que inspiraba los rendidos elogios de la anciana a su señor, no tardó en insistir en sus preguntas, y mientras subÃan la gran escalera, la señora Reynolds siguió ensalzando los muchos méritos de Darcy.
―Es el mejor señor y el mejor amo que pueda haber; no se parece a los atolondrados jóvenes de hoy en dÃa que no piensen más que en sà mismos. No hay uno solo de sus colonos y criados que no le alabe. Algunos dicen que es orgulloso, pero yo nunca se lo he notado. Me figuro que lo encuentran orgulloso porque no es bullanguero como los demás.
«En qué buen lugar lo sitúa todo esto», pensó Elizabeth.
―Tan delicado elogio ―cuchicheó su tÃa mientras seguÃan visitando la casa― no se aviene con lo que hizo a nuestro pobre amigo.
―Tal vez estemos equivocados.