Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Los pequeños Gardiner, atraÃdos al ver un carruaje, esperaban de pie en las escaleras de la casa mientras éste atravesaba el camino de entrada. Cuando el coche paró en la puerta, la alegre sorpresa que brillaba en sus rostros y retozaba por todo su cuerpo haciéndoles dar saltos, fue el preludio de su bienvenida.
Elizabeth les dio un beso a cada uno y corrió al vestÃbulo, en donde se encontró con Jane que bajaba a toda prisa de la habitación de su madre.
Se abrazaron con efusión, con los ojos llenos de lágrimas, y Elizabeth preguntó sin perder un segundo si se habÃa sabido algo de los fugitivos.
―TodavÃa no ―respondió Jane―, pero ahora que ya ha llegado nuestro querido tÃo, espero que todo vaya bien.
―¿Está papá en la capital?
―SÃ, se fue el martes, como te escribÃ.
―¿Y qué noticias habéis tenido de él?
―Pocas. El miércoles me puso unas lÃneas diciéndome que habÃa llegado bien y dándome su dirección, como yo le habÃa pedido. Sólo añadÃa que no volverÃa a escribir hasta que tuviese algo importante que comunicarnos.
―¿Y mamá, cómo está? ¿Cómo estáis todas?