Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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―Mamá está bien, según veo, aunque muy abatida. Está arriba y tendrá gran satisfacción en veros a todos. Todavía no sale de su cuarto. Mary y Catherine se encuentran perfectamente, gracias a Dios.

―¿Y tú, cómo te encuentras? ―preguntó Elizabeth―. Estás pálida. ¡Cuánto habrás tenido que pasar! Pero Jane aseguró que estaba muy bien. Mientras tanto, los señores Gardiner, que habían estado ocupados con sus hijos, llegaron y pusieron fin a la conversación de las dos hermanas. Jane corrió hacia sus tíos y les dio la bienvenida y las gracias entre lágrimas y sonrisas.

Una vez reunidos en el salón, las preguntas hechas por Elizabeth fueron repetidas por los otros, y vieron que la pobre Jane no tenía ninguna novedad. Pero su ardiente confianza en que todo acabaría bien no la había abandonado; todavía esperaba que una de esas mañanas llegaría una carta de Lydia o de su padre explicando los sucesos y anunciando quizá el casamiento.

La señora Bennet, a cuya habitación subieron todos después de su breve conversación, les recibió como era de suponer: con lágrimas y lamentaciones, improperios contra la villana conducta de Wickham y quejas por sus propios sufrimientos, echándole la culpa a todo el mundo menos a quien, por su tolerancia y poco juicio, se debían principalmente los errores de su hija.


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