Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―He notado, Elizabeth, que cuando mi tÃa comentaba la noticia del dÃa, me estabas mirando. Ya sé que pareció que me dio apuro, pero no te figures que era por alguna tonterÃa. Me quedé confusa un momento porque me di cuenta de que me estarÃais observando. Te aseguro que la noticia no me da tristeza ni gusto. De una cosa me alegro: de que viene solo, porque asà lo veremos menos. No es que tenga miedo por mÃ, pero temo los comentarios de la gente.
Elizabeth no sabÃa qué pensar. Si no le hubiera visto en Derbyshire, habrÃa podido creer que venÃa tan sólo por el citado motivo, pero no dudaba de que aún amaba a Jane, y hasta se arriesgaba a pensar que venÃa con la aprobación de su amigo o que se habÃa atrevido incluso a venir sin ella.
«Es duro ―pensaba a veces― que este pobre hombre no pueda venir a una casa que ha alquilado legalmente sin levantar todas estas cábalas. Yo le dejaré en paz.»
A pesar de lo que su hermana decÃa y creÃa de buena fe, Elizabeth pudo notar que la expectativa de la llegada de Bingley le afectaba. Estaba distinta y más turbada que de costumbre.
El tema del que habÃan discutido sus padres acaloradamente hacÃa un año, surgió ahora de nuevo. ―Querido mÃo, supongo que en cuanto llegue el señor Bingley irás a visitarle.