Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Ha sido un dÃa muy agradable ―dijo Jane a Elizabeth―. ¡Qué selecta y qué cordial fue la fiesta! Espero que se repita.
Elizabeth se sonrió.
―No te rÃas. Me duele que seas asÃ, Lizzy. Te aseguro que ahora he aprendido a disfrutar de su conversación y que no veo en él más que un muchacho inteligente y amable. Me encanta su proceder y no me importa que jamás haya pensado en mÃ. Sólo encuentro que su trato es dulce y más atento que el de ningún otro hombre.
―¡Eres cruel! ―contestó su hermana―. No me dejas sonreÃr y me estás provocando a hacerlo a cada momento.
―¡Qué difÃcil es que te crean en algunos casos!
―¡Y qué imposible en otros!
―¿Por qué te empeñas en convencerme de que siento más de lo que confieso?
―No sabrÃa qué contestarte. A todos nos gusta dar lecciones, pero sólo enseñamos lo que no merece la pena saber. Perdóname, pero si persistes en tu indiferencia, es mejor que yo no sea tu confidente.