Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―No es nada en comparación con Rosings, señora; hay que reconocerlo; pero le aseguro que es mucho mejor que la de sir William Lucas.
―Ésta ha de ser una habitación muy molesta en las tardes de verano; las ventanas dan por completo a poniente.
La señora Bennet le aseguró que nunca estaban allà después de comer, y añadió:
―¿Puedo tomarme la libertad de preguntar a Su SeñorÃa qué tal ha dejado a los señores Collins?
―Muy bien; les vi anteayer por la noche. Elizabeth esperaba que ahora le darÃa alguna carta de Charlotte, pues éste parecÃa el único motivo probable de su visita; pero lady Catherine no sacó ninguna carta, y Elizabeth siguió con su perplejidad.
La señora Bennet suplicó finÃsimamente a Su SeñorÃa que tomase algo, pero lady Catherine rehusó el obsequio con gran firmeza y sin excesiva educación. Luego levantándose, le dijo a Elizabeth:
―Señorita Bennet, me parece que ahÃ, a un lado de la pradera, hay un sitio precioso y retirado. Me gustarÃa dar una vuelta por él si me hiciese el honor de acompañarme.
―Anda, querida ―exclamó la madre―, enséñale a Su SeñorÃa todos los paseos. Creo que la ermita le va a gustar.