Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Siguieron paseando sin preocuparse de la dirección que llevaban. TenÃan demasiado que pensar, que sentir y que decir para fijarse en nada más. Elizabeth supo en seguida que debÃan su acercamiento a los afanes de la tÃa de Darcy, que le visitó en Londres a su regreso y le contó su viaje a Longbourn, los móviles del mismo y la sustancia de su conversación con la joven, recalcando enfáticamente las expresiones que denotaban, a juicio de Su SeñorÃa, la perversidad y descaro de Elizabeth, segura de que este relato le ayudarÃa en su empresa de arrancar al sobrino la promesa que ella se habÃa negado a darle. Pero por desgracia para Su SeñorÃa, el efecto fue contraproducente.
―Gracias a eso concebà esperanzas que antes apenas me habrÃa atrevido a formular. ConocÃa de sobra el carácter de usted para saber que si hubiese estado absoluta e irrevocablemente decidida contra mÃ, se lo habrÃa dicho a lady Catherine con toda claridad y franqueza.
Elizabeth se ruborizó y se rió, contestando:
―SÃ, conocÃa usted de sobra mi franqueza para creerme capaz de eso. Después de haberle rechazado tan odiosamente cara a cara, no podÃa tener reparos en decirle lo mismo a todos sus parientes.