Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―No me dijo nada que no me mereciese. Sus acusaciones estaban mal fundadas, pero mi proceder con usted era acreedor del más severo reproche. Aquello fue imperdonable; me horroriza pensarlo.
―No vamos a discutir quién estuvo peor aquella tarde ―dijo Elizabeth―. Bien mirado, los dos tuvimos nuestras culpas. Pero me parece que los dos hemos ganado en cortesÃa desde entonces.
―Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo con tanta facilidad. El recuerdo de lo que dije e hice en aquella ocasión es y será por mucho tiempo muy doloroso para mÃ. No puedo olvidar su frase tan acertada: «Si se hubiese portado usted más caballerosamente.» Éstas fueron sus palabras. No sabe, no puede imaginarse cuánto me han torturado, aunque confieso que tardé en ser lo bastante razonable para reconocer la verdad que encerraban.
―Crea usted que yo estaba lejos de suponer que pudieran causarle tan mala impresión. No tenÃa la menor idea de que le afligirÃan de ese modo.
―No lo dudo. Entonces me suponÃa usted desprovisto de todo sentimiento elevado, estoy seguro. Nunca olvidaré tampoco su expresión al decirme que de cualquier modo que me hubiese dirigido a usted, no me habrÃa aceptado.