Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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Si hubiese encontrado a Jane en peligro aparente, la señora Bennet se habría disgustado mucho; pero quedándose satisfecha al ver que la enfermedad no era alarmante, no tenía ningún deseo de que se recobrase pronto, ya que su cura significaría marcharse de Netherfield. Por este motivo se negó a atender la petición de su hija de que se la llevase a casa, cosa que el médico, que había llegado casi al mismo tiempo, tampoco juzgó prudente. Después de estar sentadas un rato con Jane, apareció la señorita Bingley y las invitó a pasar al comedor. La madre y las tres hijas la siguieron. Bingley las recibió y les preguntó por Jane con la esperanza de que la señora Bennet no hubiese encontrado a su hija peor de lo que esperaba.

―Pues verdaderamente, la he encontrado muy mal ―respondió la señora Bennet―. Tan mal que no es posible llevarla a casa. El doctor Jones dice que no debemos pensar en trasladarla. Tendremos que abusar un poco más de su amabilidad.

―¡Trasladarla! ―exclamó Bingley―. ¡Ni pensarlo! Estoy seguro de que mi hermana también se opondrá a que se vaya a casa.

―Puede usted confiar, señora ―repuso la señorita Bingley con fría cortesía―, en que a la señorita Bennet no le ha de faltar nada mientras esté con nosotros.


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