Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Estoy segura ―añadió― de que, a no ser por tan buenos amigos, no sé qué habrÃa sido de ella, porque está muy enferma y sufre mucho; aunque eso sÃ, con la mayor paciencia del mundo, como hace siempre, porque tiene el carácter más dulce que conozco. Muchas veces les digo a mis otras hijas que no valen nada a su lado. ¡Qué bonita habitación es ésta, señor Bingley, y qué encantadora vista tiene a los senderos de jardÃn! Nunca he visto un lugar en todo el paÃs comparable a Netherfield. Espero que no pensará dejarlo repentinamente, aunque lo haya alquilado por poco tiempo.
―Yo todo lo hago repentinamente ―respondió Bingley―. Asà que si decidiese dejar Netherfield, probablemente me irÃa en cinco minutos. Pero, por ahora, me encuentro bien aquÃ.
―Eso es exactamente lo que yo me esperaba de usted ―dijo Elizabeth.
―Empieza usted a comprenderme, ¿no es as� ―exclamó Bingley volviéndose hacia ella.
―¡Oh, sÃ! Le comprendo perfectamente.
―DesearÃa tomarlo como un cumplido; pero me temo que el que se me conozca fácilmente es lamentable.
―Es como es. Ello no significa necesariamente que un carácter profundo y complejo sea más o menos estimable que el suyo.