Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon —He leÃdo varios poemas de Burns con gran placer —dijo Charlotte en cuanto pudo decir algo—; pero no entiendo lo suficiente para distinguir entre la poesÃa de un hombre y su carácter; y los conocidos excesos del pobre Burns me impiden muchas veces disfrutar de sus versos. Me resulta difÃcil concederle autenticidad a sus sentimientos como amante. No tengo fe en la sinceridad de los afectos de un hombre de sus caracterÃsticas. SentÃa, escribÃa y olvidaba.
—¡Ah, no, no! —exclamó sir Edward en un transporte de éxtasis—. ¡Era todo ardor y sinceridad! Puede que su genio y sus susceptibilidades le hayan llevado a alguna aberración. Pero ¿quién es perfecto? SerÃa caer en lo hipercrÃtico y lo pseudofilosófico exigir de un espÃritu de elegancia genial las bajezas de un alma vulgar. Los destellos de talento que emite la pasión de su pecho son quizá incompatibles con algunas decencias prosaicas de la vida; y no puede usted, queridÃsima señorita Heywood —hablando con aire de profundo sentimiento—, ni puede ninguna mujer, juzgar con imparcialidad lo que un hombre puede verse impulsado a decir, escribir o hacer bajo el impulso soberano de un ardor sin lÃmites.
Todo esto estaba muy bien, pero si Charlotte habÃa comprendido bien, no era muy moral; y dado que no le gustó esta singular clase de cumplido, respondió seria: