Persuasion & Sanditon

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Ninguna de las dos sabía si la otra seguía opinando igual o no sobre este aspecto tan esencial de la actitud de Anne, dado que jamás hablaban del tema; pero Anne pensaba a los veintisiete años de manera muy distinta de como le habían hecho ver las cosas a los diecinueve. No culpaba a lady Russell, ni se reprochaba a sí misma haberse dejado guiar por ella; pero pensaba que si una joven en situación parecida acudiese a ella para pedirle consejos no iba a recibir ninguno de tan segura desdicha inmediata, y de tan dudosa ventaja futura. Estaba convencida de que, pese al inconveniente de la desaprobación de su casa y a la ansiedad que acompañaba a la profesión de él, y pese a todos los probables sobresaltos y desencantos, habría sido una mujer más feliz manteniendo su compromiso que habiéndolo sacrificado; y lo habría sido, creía firmemente, aunque hubieran tenido una cantidad normal —o incluso más que normal— de preocupaciones e incertidumbres, sin contar con lo que les deparara el futuro, el cual, como ocurrió, les habría traído prosperidad antes de lo que se hubiera podido prever razonablemente. Toda la confianza, todas las encendidas esperanzas de él habían estado justificadas. Su ardor y su genio habían parecido vislumbrar y propiciar su camino de prosperidad. Muy poco después de roto el compromiso, había recibido un buen destino, y había sucedido todo lo que le había dicho a ella que sucedería. Se había distinguido, y había ascendido un peldaño en el escalafón; y ahora, merced a sucesivas presas, había acumulado una considerable fortuna. Anne sólo había sabido de él por las listas navales y los periódicos, pero no dudaba de que era rico; y teniendo en cuenta su constancia, no veía motivo alguno para creer que se hubiera casado.


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