Persuasión

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—Ya lo sabía —contestó él con una sonrisa—. No me pilló de sorpresa, pero imagino que si en un día de mucho frío un amigo le presta un abrigo, a usted no se le ocurriría rechazarlo aunque estuviese pasado de moda. ¡Ah, éramos viejos amigos el Áspid y yo, e hizo cuanto yo necesitaba! Y eso tampoco me sorprendió. Yo tenía la certeza de que nos hundiríamos juntos o él me haría un hombre. Y, en efecto, mientras estuve a bordo del Áspid no tuve dos días de borrasca. Después de capturar suficientes piratas como para no tener tiempo de aburrirme, cuando en el siguiente otoño regresaba a la patria la fortuna quiso que topara con la fragata francesa que yo anhelaba; la traje a Plymouth, y allí tuve otro golpe de suerte. No hacía ni seis horas que habíamos fondeado en el Sound, cuando se desencadenó una galerna que duró dos días con sus noches, y que en la mitad de ese tiempo habría dado buena cuenta del pobre Áspid, sin que el estar junto a la costa hubiera valido de nada. A las veinticuatro horas yo sólo habría sido un valiente capitán Wentworth en un suelto de periódico, y por haber perecido en un simple bergantín nadie habría vuelto a acordarse de mí.

Anne se estremeció en secreto, mientras que las hermanas Musgrove dieron rienda suelta a toda clase de exclamaciones de horror y de piedad.


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