Persuasión
Persuasión A punto estaban de concluir el desayuno cuando oyeron el ruido de un carruaje —el único, probablemente, que oyeron rodar desde su llegada a Lyme—, y la mitad de los viajeros se acercó a la ventana. Era el coche de un caballero, un calerÃn; pero no venÃa de camino, sino que salÃa de la cochera y se detenÃa frente a la puerta de la posada. Alguien partÃa. El cochero vestÃa de luto.
La palabra «calerÃn» hizo que Charles se le ocurriese la idea de compararlo con el suyo; la presencia del cochero de negro intrigó a Anne, y al cabo de un momento todos se asomaron, movidos por la curiosidad, y no tardaron en ver al propietario del calerÃn, que entre lisonjas y reverencias del fondista montaba en el carruaje.
—Vaya —dijo de pronto el capitán Wentworth, mirando a Anne de reojo—, es el mismo que se cruzó con nosotros en la playa.
Las hermanas Musgrove asintieron, y luego de seguir con mirada placentera el ascenso del coche por la empinada cuesta, volvieron a la mesa. Momentos después entraba el camarero.
—Oiga usted —dijo el capitán Wentworth—, ¿puede decirnos el nombre del caballero que acaba de marcharse?