Persuasión
Persuasión La visita transcurrió en un clima de alegría. Mary estaba de un humor excelente, compartía el júbilo con los demás y se hallaba encantada con el cambio. Le satisfacía tanto haber hecho el viaje en el coche de su suegra, tirado por cuatro caballos, y el verse libre de Camden Place, que estaba dispuesta a admirar el suntuoso mobiliario y la exquisita decoración de la casa a medida que le enseñaban las estancias de ésta.
Hubo momentos en que Elizabeth se sintió extrañamente inquieta. Comprendía que no había más remedio que invitar a comer a Mrs. Musgrove y sus acompañantes, pero le aterraba la idea de que todos aquellos que estaban acostumbrados al lujo desplegado por los Elliot de Kellynch conociesen la modestia con que vivían y el reducido número de criados con que contaban, lo cual habría quedado de manifiesto en el caso de tener que ofrecer un banquete. La cortesía y la vanidad libraron en su interior una dura batalla, pero triunfó la vanidad, y Elizabeth recobró la calma. Sus reflexiones fueron de este tenor: